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Sectores económicos

Ese viejo tema, el desarrollo.

Los licenciados Diego Coatz, Fernando Grasso y Bernardo Kosacoff abordaron en un libro de imprescindible lectura -“Industria Argentina: Recuperación, freno y desafíos para el desarrollo en el siglo XXI”- la problemática del desarrollo industrial de nuestro país.

ImagenNotable trío de economistas, autores de un libro de lectura obligada.
La reunión de tres prestigiosos economistas para trabajar en forma mancomunada sobre la cuestión “Industria Argentina: Recuperación, freno y desafíos para el desarrollo en el Siglo XXI” supone acuerdos previos, algunos tácitos y otros explícitos. De todos modos y aún bajo la figura rectora de Bernardo Kosacoff, es difícil asegurar que sentar a Diego Coatz y a Fernando Grasso a una misma mesa de trabajo no dé como resultado el predominio de una voz sobre otra (por ese viejo juego de los egos en juego). En este caso, sin embargo, nada estuvo más lejos del personalismo y todo el corpus del trabajo, tendió a un objetivo único y predecible desde el mismo título del libro: cómo superar el proceso de recuperación industrial que, a partir de 2007 comienza a mostrar “las tensiones propias de la problemática del desarrollo (…) y las limitaciones de una matriz productiva que había experimentado pocos cambios estructurales”.

Los antecedentes de cada uno de los autores hablan por sí solos: Coatz es Economista Jefe del Centro de Estudios de la Unión Industrial Argentina, y vicepresidente de la Sociedad Internacional para el Desarrollo (SIDbaires), Grasso es Director de Estudios Económicos de la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina, y presidente de SIDbaires. Kosacoff, ex Director de la Oficina de CEPAL-Naciones Unidas en Buenos Aires y autor de una nutrida bibliografía sobre desarrollo. Los tres son docentes de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y otras reconocidas casas de altos estudios e instituciones académicas.

Este afinado trío de profesionales produjo un trabajo imprescindible para comprender cómo desde los rezagos industriales que dejó la convertibilidad se produce una etapa de reindustrialización que aunque arranca en 2002 en forma decidida sufre luego altibajos que desembocan en un presente complejo que, por serlo, se constituye en el inevitable punto de partida de un nuevo período que se pretende más efectivo y racional.

En el libro sus autores superan el ensayo puntualizando tanto las áreas sujetas a revisión como las trabas que se advierten y agudizan a nivel micro. Y lo hacen tanto en los períodos de la post convertibilidad temprana, punto de partida de la primera etapa de las políticas industrialistas del kirchnerismo, como en la desganada etapa industrial actual.

Sin eufemismos, Coatz-Grasso-Kosacoff dicen que entre 20ll y 2014 se deterioran los principales indicadores económicos y tanto la economía como el producto industrial se reducen a más del 1%, cifra que medida per cápita supera el 4%.

El estancamiento en la creación de nuevas empresas y la merma en los puestos de trabajo desembocan en el litigado tema de la inversión “terreno en el que se juega uno de los principales partidos donde se define la dinámica estructural de una economía”. Si bien hubo diferencias en las distintas fases de este período, explican los autores, una mirada de conjunto permite inferir una expansión física de la inversión que promedió el 9% anual ( …) pero la tasa de inversión sobre el producto sólo se incrementó entre 2 y 3 puntos en términos medios ( …) y la economía argentina continuó desenvolviéndose con una tasa de inversión que se ubicó dentro de los parámetros históricos ( en torno al 18-21%) del PIB obteniendo un crecimiento promedio cercano al 3% durante la última década, lo cual resulta sumamente escaso a efectos de cerrar las brechas de ingreso con los países más avanzados. A su vez, el proceso de inversión ha profundizado su dependencia externa, ya que el aumento del componente de maquinarias y equipos se dio en el marco de un aumento de la participación importada, que pasó del orden del 40% a principios de los años ‘90, tendió al 50% en los años previos a la crisis de 2001 y se estabilizó en torno al 60% a partir de 2011” Los autores se enfrentan también a la restricción externa a la que definen como una causa transversal que no se produce en forma espontánea sino por presencia, ausencia o defecto de decisiones de política económica de corto plazo.

Reencauzar la economía en un sendero de crecimiento, dicen más adelante, precisa más consistencia macro para anular las tensiones en materia cambiaria, en la dinámica inflacionaria y en la solvencia de las finanzas públicas.

Pero para superar la restricción externa en el largo plazo, explican sin distraerse del objetivo último del trabajo que es el desarrollo del país, hay que incorporar factores estructurales entre los que tienen un peso sustantivo la política industrial y el entramado institucional que la sustenta.

Para mejorar la competitividad internacional, “hay que ser contundentes en el agregado de valor, el uso intensivo de tecnologías avanzadas y la autonomía en el uso de procesos de innovación”. Objetivos que podrían alcanzarse con un mejor encadenamiento productivo y el cierre angular del “Triángulo de Sábato”.

Es que “el impulso que recobraron las políticas públicas en materia tecnológica (…) no tuvieron una manifestación igualmente relevante en el ámbito industrial. Si bien se han multiplicado los programas de apoyo económico y técnico a la innovación tecnológica (…), continúa tratándose de un grupo minoritario cuya potencia aún no permite introducir transformaciones de impacto difundido sobre la estructura productiva local”. En efecto, puntualizan enseguida, “mientras el gasto en I+D sobre el PIB en la Argentina se incrementó de 0,50% en 1998 al 0,72% hacia 2013, pasando por 0,44% en 2003 y 0,62% en 2007, en la industria dicho ratio aún se encuentra por debajo del registrado en 1998. A su vez y de acuerdo a los indicadores de ciencia y tecnología del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, la participación pública sobre el total de gastos en I+D se incrementó casi el 75%” (el sector privado se refugió en el exiguo resto).

Esquematizar la compleja partitura que se despliega en este trabajo, cuya lectura entusiasma, es una tarea excesiva aunque podemos remarcar que se expide sobre el régimen promocional de Tierra del Fuego (“¿sus costos son compensados por sus beneficios?”) el financiamiento externo (negociar bien es estratégico en un mundo que te da financiamiento pero que no regala nada en materia industrial y de empleo) y, entre muchas otras cuestiones, aborda la importancia del mercado doméstico y el valor de contar con una banca de desarrollo.

A manera de gran coda (para seguir con un lenguaje musicalizado) los avezados economistas se plantean y logran desmenuzar su visión holística del desarrollo. Piensan en qué infraestructura debiera desplegarse y también en la creación de una banca de fomento y la ampliación de instrumentos financieros para la inversión productiva, en especial de las PyMES; apuntan a profundizar los vínculos entre las instituciones públicas y el sector privado industrial, y en fortalecer la red de instituciones que sirven de apoyo a la innovación tecnológica (centros de servicios, de I+D, laboratorios de pruebas y ensayos, etc.); consideran a las escuelas técnicas y las universidades claves para el desarrollo industrial; piden alentar las compras públicas y el desarrollo de demandas específicas adecuando la actual ley de “Compre Argentino” a efectos de ampliar su alcance; juzgan necesario consolidar el rol de las empresas estatales o de organismos especializados en áreas como la energía, la defensa, las actividades aeroespaciales, las telecomunicaciones y siguen en un largo etcétera en el que, aparentemente, no caben olvidos.

Estamos entonces frente a un trabajo de lectura imprescindible en especial para aquellos cuyos nombres aparecen en las boletas de las varias agrupaciones políticas que disputan el voto de los ciudadanos.

Es que si en la presentación del libro en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas se escuchó una frase cáustica pero difícil de negar: “el país se infló pero no se modificó cualitativamente”, de lo que deberá tratarse en los años por venir es de dar vuelta esa afirmación.

I.N.


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